El lunes Dios me bendijo, de maneras inesperadas y maravillosas, como siempre. Y quiero celebrarlo.
¡Contarlo, no callar.!
Conocí a la familia de Martín y Sarah por motivo de mi auto y un arreglo que tengo pendiente.
Nos comunicamos por WhatsApp previo a vernos, y llamaba mi atención —y abrazaba mi corazón— la manera en la que Martín comenzaba los mensajes:
“Hola Noemí, Dios te bendice…”
Hasta que llegó el lunes, 11:30 hs. En mis minutos libres, entre clase y clase, nos encontramos con el propósito de que él viera el auto y pudiera decirme tiempos y costos con un poco más de detalle.
Bajaron de su auto, y la alegría que todos teníamos de conocernos fue grata y abrazadora. Y otra vez, la misma expresión, con certeza y gozo:
“Hola Noemí, Dios te bendice!!!”
Comenzó la charla, conocernos rápidamente y hablar de todo, menos del auto: de la fidelidad, el amor y la grandeza de Dios, de su confirmación en oración, la misión y el llamado a evangelizar, su bendición presente y constante, la victoria de la cruz, sus promesas, los procesos, el propósito...
Y de repente lo entendí, o más bien fui consciente y me maravillÉ ante la realidad:
DIOS ME BENDICE.
En todo tiempo, con detalles precisos, con su abrazo y su mimo a través de su creación, a través de sus hijos, a través de su Palabra; cumpliendo sus promesas, amándome sin condiciones, amándome a pesar de mí… ¡y demostrándomelo de maneras tan CLARAS!
Noemí, Dios te bendice.
¡Y qué bello reconocerlo y gozarme en ello!
A vos que estás leyendo, ¡DIOS TE BENDICE!
Y te animo a que puedas reconocer cómo… Agradecer, gozarte ¡y celebrarlo!
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