Se cuenta un relato interesante acerca del reno del Norte. Parece que en esas llanuras remotas, a unos 150km del mar, en medio de las aldeas de Laponia durante cierta época, el reno joven suele levantar su amplio hocico hacia el viento que sopla del norte y mirar fijamente la lejanía ilimitada por espacio de un minuto o más. Desde ese momento comienza a inquietarse cada vez más, pero todavía esta solo. Al día siguiente, una docena de renos de la manada levantan la cabeza de donde están paciendo en el musgo y olfatean la brisa. Entonces los lapones se hacen señas unos a otros con la cabeza y todo el campamento se inquieta más cada día.
A ratos, toda la manada de renos jóvenes se detiene y mira con fijeza, respirando fuerte a través de las anchas ventanillas de su nariz, después se empujan unos a otros y patean el suave terreno. Se vuelven cada vez más incontrolables y es difícil enjaezarlos a los trineos ligeros. Al pasar los días, los lapones los observan cada vez con más detenimiento, sabiendo muy bien que sucederá tarde o temprano.
Y entonces, al fin, en el atardecer norteño, ¡la gran manada comienza a moverse! El impulso es simultaneo, irresistible; todos miran en una misma dirección. Al principio se mueven con lentitud, todavía mordisqueando aquí y allá los mazos de rico musgo. Enseguida, el paso lento se convierte en un trote, se amontonan más cerca unos de otros, mientras los lapones se apresuran a reunir las últimas posesiones que no han empaquetado, sus utensilios de cocina y sus dioses de madera.
Toda junta, la gran manada rompe de un trote a un galope, de un galope a un paso vertiginoso; el estruendo distante de su galope unificado alcanza el campamento por unos minutos, y después se pierden de vista y de oído, para beber del mar Polar.
Los lapones los siguen, arrastrando penosamente sus trineos cargados por la ancha senda que dejaron las miles de bestias galopantes; una jornada de un día y todavía están lejos del mar y todavía la senda es ancha.
Al segundo día, la senda se hace más estrecha y se ven manchas de sangre; lejos en la llanura distante delante de ellos, sus ojos agudos distinguen un objeto obscuro e inmóvil, luego otro y otro más. La carrera se ha hecho más desesperada y más salvaje al acercarse la estampida al mar. Los renos más débiles han sido pisoteados por sus compañeros más fuertes. Miles de pezuñas afiladas han aplastado y atravesado cuero, carne y huesos. Cada vez más veloz y más terrible en su carrera la manada despiadada ha seguido galopando, indiferente a la matanza, indiferente al alimento, indiferente a cualquier bebida, excepto el agua salada que les espera. Y cuando los lapones llegan a la costa, sus renos están una vez más pastando tranquilamente, una vez más mansos y dóciles, una vez más listos para arrastrar el trineo.
Una vez en su vida , el reno debe probar el agua de mar de un solo trago largo que sacia su sed, y si lo estorban, ¡perece! ¡Ni hombre ni bestia se atreven a interponerse entre él y el océano, en los 150km de la senda que recorre como una flecha!
Tomado del devocional "Manantiales en el Desierto"
Esta debe ser nuestra actitud al buscar a Dios, la de una sed incontrolable, una necesidad vital, que solo Él puede saciar, con su Palabra y en oración.

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